El Método 5: El poder del optimismo


El optimismo es el tema central del quinto capítulo de “El Método” donde trato junto a Mónica Gúnther asuntos relacionados con el desarrollo personal.

El optimismo está muy desprestigiado en los tiempos que corren. Parece que pensar y decir que todo es un asco es ser “muy realista” y el optimismo es propio de personas ilusas con la cabeza en las nubes.

Empiezo aclarando que el optimismo no implica no ver las adversidades de la vida, sino tener la capacidad de valorar qué podemos hacer para superarlas. Un optimista afronta los problemas enfocándose en las soluciones y cuando los problemas no tienen solución también hacen algo: cambiar la actitud, aceptar, adaptarse a vivir con esa circunstancia.

El optimismo cura

Tener una actitud mental positiva no sólo no es una frivolidad sino que tiene enormes beneficios. Según un estudio de la Universidad de Yale, quienes tienen una actitud positiva llegan a vivir 7,6 años más. El colectivo sanitario ya sabe que hay una relación directa entre la actitud de los enfermos y la efectividad de los tratamientos a los que se someten. 

Si este beneficio te parece poco, has de saber también que una buena actitud es una de las cualidades que más se valoran en una entrevista de trabajo. Los reclutadores ya saben que en un nuevo puesto un candidato tendrá cosas nuevas que aprender. La única manera de intuir que un nuevo empleado superará su periodo de adaptación es evaluando su actitud.

El decálogo de la persona optimista

Los acontecimientos diarios disparan de manera “automática” en nuestra mente pensamientos. Solemos pensar que tenemos poco control sobre estos pensamientos y nos equivocamos. ¿Quién decide lo que yo pienso? La base de la gestión emocional es tomar el control de nuestra mente y decidir primero cómo nos queremos sentir y después, qué necesitamos pensar para sentirnos así.

Os propongo este decálogo a modo de entrenamiento para comenzar a tener una actitud mental positiva.:

1. No juzgues nunca el día por el clima.

2. Ten grandes expectativas para cada día.

3. Protégete de los mensajes negativos (propios y ajenos).

4. Cambia la manera de saludar a los demás.

5. Escucha la música que te pone de buen humor.

6. Desarrolla una visión clara de tus metas.

7. No permitas que lo que está fuera de tu alcance, influya en tus decisiones.

8. No pierdas la inquietud por aprender cosas nuevas.

9. Resérvate un tiempo diario para hacer lo que te gusta.

10. Aprecia y agradece aquello que posees, tus experiencias, tus habilidades….

¿Ya te sientes mejor?

Julio Rosales Propósitos

El Método 4: Propósitos


Hoy en “El Método” hemos hablado de propósitos. Se acerca el nuevo año y generalmente nos planteamos muchos propósitos que cumplir. ¿Lo logramos?

Para empezar… ¿qué es un propósito? Habitualmente confundimos objetivos con propósitos y si bien se parecen, hay una diferencia sustancial.

Un objetivo es algo que queremos lograr o tener, es concreto, es tangible. Una vez que hemos conseguido un objetivo ya no tenemos que seguir trabajando en ello. Por ejemplo, si mi objetivo es comprar un coche, una vez que lo he comprado no tengo que seguir trabajando en ello.

Un propósito va más allá, es algo que deseamos que sea constante en nuestra vida. Es intangible y por lo general tenemos que trabajar en ello de manera constante. Ejemplos de propósitos son: gozar de buena salud, pasar tiempo de calidad con mi familia, conocer nuevas culturas…

¿Para qué? La gran pregunta

Siguiendo con el ejemplo del coche (objetivo), es fácil averiguar el propósito al que obedece si nos preguntamos “¿para qué quiero un coche”. Una respuesta podría ser “para visitar a mi familia con frecuencia”. Este es el propósito de mi objetivo. “Estar con mi familia”, como puedes ver es menos tangible, más emocional y deseamos que sea un continuo en nuestra vida.

De esta manera si hacemos una lista de todos los objetivos que queremos alcanzar podemos comenzar a averiguar nuestros propósitos de vida preguntándonos “¿para qué quiero cada uno de ellos”? ¿Para qué quiero un coche?  ¿para qué quiero adelgazar 4 kg.? ¿para que quiero estudiar medicina…?

Es fácil caer en el error de preguntarnos “¿por qué?” en lugar de “¿para qué?” pero si prestamos un poco de atención vemos que la diferencia en las respuestas es muy evidente. Cuando contesto a un “¿por qué?” la respuesta es un argumento. Por ejemplo, a la pregunta “¿por qué estudio medicina?”  la respuesta podría ser “porque tiene mucha salida”. Esto es un argumento lógico, una justificación, pero no un propósito.

Los argumentos los formulamos con nuestro “cerebro racional” y por lo general son posteriores a la toma de decisiones. La mayoría de nuestras decisiones las toma nuestro “cerebro emocional” y es ahí donde está la clave. En realidad lo que te estoy diciendo es que primero decides y luego argumentas. ¿No te lo crees?

Suelo poner el mismo ejemplo en mis talleres para entender este proceso. Cuando ves unos preciosos y carísimos zapatos en un escaparate  y te enamoras de ellos, tu decisión de comprarlos ya está tomada. Tu “cerebro emocional” ya ha tomado la decisión (aunque prefieras pensar que no es así). Las cosas que te dices a continuación del tipo “son de muy buena calidad, me combinan con casi toda mi ropa, tengo dos bodas este año y los necesito, me lo merezco…” todo esto son argumentos posteriores a tu decisión. Insisto: pos-te-rio-res. En este ejemplo el objetivo son los zapatos, la respuesta a “¿por qué los compras?” son la lista de argumentos que acabo de describir, pero el propósito real lo conoces preguntándote “¿para qué” La respuesta podía ser “para ser una persona elegante”. Esto es un propósito que muy probablemente es muy importante para ti.

¿Para que debería conocer mis propósitos?

Una vez que te has preguntado “para qué” a todos tus objetivos tenemos una lista de propósitos. Bien, ahora debes seguir preguntándote “para qué persigo estos propósitos”. La respuesta final debería ser “para ser feliz” y si no es así, se impone una reflexión.

“¿Para que quiero estos zapatos? Para ser elegante. ¿Para qué quiero ser elegante? Para gustarme y gustar. ¿Para qué quiero gustarme y gustar? Para ser feliz. Esta cadena de respuestas que acaban en felicidad es a lo que llamamos objetivos alineados con propósitos. Es decir, son coherentes para ti.

Si cuando te hagas la pregunta mágica repetidamente al final no te puedes responder “para ser feliz”, hemos encontrado un objetivo que no está alineado con tus propósitos. Toca reflexionar sobre la necesidad de perseguir ese objetivo. Quizá estás persiguiendo objetivos muy populares, objetivos que en la sociedad son muy comunes, pero quizá no están alineados con tus propósitos.

El conjunto de todos los propósitos que obedecen al gran propósito SER FELIZ conforman tu propio concepto de felicidad. Acabas de descubrir lo que verdaderamente te mueve.

Además, cuando conocemos nuestros propósitos quizá descubramos que tenemos más maneras de lograrlos de las que pensábamos. Si yo no puedo comprarme ese coche (objetivo) que me proporciona la movilidad familiar (propósito), me debería preguntar : “¿de qué otras maneras puedo obtener la movilidad familiar que deseo?” ¿Un coche más barato? ¿Transporte público? En definitiva podemos comenzar a buscar alternativas que cubran nuestros propósitos, porque recuerda que haciéndolo estarás preservando tu propio concepto de felicidad.

Sobre la mejor manera de trabajar en conseguir nuestros propósitos hablaremos en una próxima entrega de El Método. Podrás escucharlo en este blog, en mi canal de ivoox o en directo todos los miércoles en Onda Cero Catalunña.

 

El Método 3: Vivir sin miedo

El tema central de la tercera entrega de “El Método” ha sido el miedo. ¿qué es el miedo y cómo podemos combatirlo?

El miedo es la emoción más estudiada por los psicólogos y una de las más intensas. Su función principal es prevenir las situaciones peligrosas, por lo que moviliza una gran cantidad de energía. El miedo es la emoción más “especializada” en garantizar la supervivencia, por lo tanto, una de las más necesarias.

Cuando detectamos un estímulo potencialmente peligroso para nuestra supervivencia la emoción “miedo” toma el mando y nos prepara para actuar de la siguiente manera:

El foco

Lo primero que hace el miedo es forzarnos a focalizar toda nuestra atención en el estímulo amenazante, lo cual reduce sustancialmente la eficacia de los procesos mentales. Todo lo demás que está sucediendo en nuestro entorno parece desaparecer.

Si el estímulo amenazante fuera un animal salvaje a punto de devorarnos, esta atención focalizada sería de mucha utilidad, sin embargo en nuestra vida cotidiana puede ser muy contraproducente. Cuando ponemos toda nuestra atención en el estímulo, en el origen de nuestro miedo, dejamos de verlo con perspectiva y objetividad. Centrarnos, incluso obsesionarnos con el problema, hace muy difícil que veamos las soluciones y alternativas, por eso en muchas ocasiones optamos por evitar un problema en lugar de ponerle remedio.

La tensión

El miedo hace que nuestro torrente sanguíneo fluya mayoritariamente hacia nuestros músculos motores, al tiempo que los mantiene tensos (este es el motivo por el que solemos palidecer de miedo, porque nos llega poca sangre a la cara). Si retomamos el ejemplo del animal salvaje podemos entender fácilmente la utilidad de este proceso. Ante un peligro de este tipo necesitamos toda nuestra capacidad muscular para reaccionar, ya sea huyendo a toda prisa, luchando con todas nuestras fuerzas o quedándonos inmóviles. Muchos de nosotros aprendimos gracias a la película Parque Jurásico que la mejor manera de evitar el ataque de un dinosaurio era mantenernos quietos, dado que su sistema visual sólo detectaba el movimiento. Por suerte (o desgracia), nunca hemos convivido con estos animales, pero es bien cierto que en la naturaleza, en muchas ocasiones, evitar el movimiento es la mejor manera de salvar la vida.

De vuelta a nuestra vida cotidiana, no importa si un estímulo es realmente peligroso o no, la tensión muscular aparece siempre que sentimos miedo provocándonos… ¡justo lo que estás pensando!: contracturas musculares. Una situación de estrés, que no es más que una situación de miedo prolongada en el tiempo, puede generarnos graves contracturas musculares y en consecuencia fuertes dolores de cabeza e incluso migrañas. Estoy seguro de que en ese momento estás encontrándole sentido a muchos de tus dolores físicos. ¡El origen es emocional!

Las cuatro patas del miedo

En mi experiencia vital y profesional, acompañando a mis clientes de coaching, he llegado a la conclusión de que luchar contra nuestros miedos irracionales, los que nos impiden alcanzar el éxito y la felicidad, supone luchar contra cuatro estados mentales muy concretos:

  1. La ignorancia: yememos aquello que desconocemos, lo que no sabemos si será bueno o malo para nosotros.
  2. La incertidumbre: nos inquieta sobremanera el no conocer las consecuencias de aquella situación que se ha plantado en nuestro camino vital.
  3. La desmotivación: en ocasiones no encontramos la motivación, la fuerza, la energía suficiente como para luchar contra nuestro miedo.
  4. La Inercia: reproducimos patrones de comportamiento por costumbre o imitación a menudo sin cuestionarnos su eficacia.

La solución

Para comenzar a luchar de una manera práctica contra nuestros miedos he escrito un pequeño e-book gratuito que te puedes descargar en esta misma web. Sólo tienes que suscribirte en mi newsletter y el libro será tuyo.

Me encantaría que me comentaras si te ha servido o qué te a parecido este regalo.

El Método 2: Fórmula de la tendencia al éxito

En la segunda entrega de “El Método” hemos hablado de motivación, o más bien, de cómo detectar qué es aquello que nos está desmotivando. Para facilitar la tarea de detectar qué es aquello que nos está dando tanta “pereza” a la hora de afrontar aquello que deseamos (o creemos que deseamos), he creado una sencilla herramienta que he denominado “Fórmula de la tendencia al éxito”.

La Psicología define la motivación como el deseo o la energía orientada hacia una meta. Más coloquialmente podemos definirla como “las ganas que sentimos de hacer algo”.

Hay cuatro factores que influyen directamente en nuestra motivación, cuatro patas de una misma mesa:

1. La necesidad de logro

Es una de las necesidades secundarias del ser humano y podemos describirla como una tendencia interna a buscar la propia satisfacción en el hecho de cumplir objetivos. Todos tenemos esta motivación interna “de serie” y es la voz interna que nos insta a hacer las cosas “bien hechas”.

2. Incentivo de éxito

Es la energía que nos brinda el saber qué es lo que conseguiremos si afrontamos una tarea. Es la recompensa. Es el propósito por el cual estamos haciendo lo que estamos haciendo.

3. Las posibilidades de éxito

Uno de los factores más importantes a la hora de decidir si nos lanzamos a trabajar en conseguir algo que deseamos es las posibilidades que tenemos de alcanzarlo. Siempre estaremos más motivados a aplicar tiempo y/o esfuerzo a un proyecto si sabemos de antemano que las posibilidades de conseguir nuestro objetivo son altas.

4. El miedo

Muchas veces decimos que algo nos da “pereza”, cuando en realidad lo que sentimos es un miedo atroz (miedo a fracasar, miedo a lo que pensarán de mi, miedo a obtener un resultado mediocre…).

Papel y lápiz

Os propongo que evaluéis del 0 al 10 cómo de potente es cada uno de estos factores respecto a ese proyecto que queréis abordad.

  1. Necesidad de logo (evalúa de 0-10): 0 significaría que en este momento de mi vida no le doy ninguna importancia a lograr metas y 10 implicaría que suelo ser una persona a quien motivan los retos.
  2. Incentivo o propósito (evalúa de 0-10): donde 0 significaría que lo que voy a obtener al acometer este proyecto no me da ninguna satisfacción y 10 implicaría que lo que puedo obtener es tremendamente importante para mi.
  3. Las posibilidades (evalúa de 0-10): 0 significa que por mucho que haya no tengo ninguna posibilidad de lograr mi objetivo y 10 que prácticamente seguro conseguiré lo que deseo si me pongo a ello.
  4. El miedo (evalúa de 0-10): donde 0 significa que no me da ningún tipo de miedo abordar este proyecto y 10 que siento mucho miedo.

Lo primero que me aporta esta valoración es ver en cual de las cuatro patas de la motivación tengo una nota muy baja y plantearnos qué puedo hacer al respecto. De esta manera, si me siento muy apático en general (factor 1) puede implicar que estoy pasando por una depresión. Quizá sea conveniente visitar al médico.

Si concluyo que en realidad lo que consigo después de aplicar mi esfuerzo no me importaba tanto, es mejor, quizá, eliminarlo de nuestra lista de objetivos y dejar de perder tiempo y energía en ello.

Si concluyo que realmente por mucho que me esfuerce tengo muy pocas posibilidades de conseguir aquello que me propongo (por ejemplo presentarme a unas oposiciones con muy pocas plazas y muchísimos candidatos) quizá no me merezca la pena el esfuerzo.

Y por último, si el nivel de miedo es muy bajo, es que quizá no me importe mucho oquizá me importa pero lo que tengo que hacer para conseguirlo no me asusta (la mejor opción). Si la nota en “miedo es muy alta” esto suele indicar que nos importa mucho, con lo que la labor primordial es tratar de vencer ese miedo.

El resultado

Bien, ahora es tan fácil como sumar las 4 valoraciones. Nos tiene que dar un resultado entre 0 y 40. Yo diría que siempre que el resultado sea mayor de 30 esto significa que merece mucho la pena el esfuerzo.

Aclaro que este ejercicio pretende provocar la reflexión y no debe tomarse como medio para calcular con exactitud cómo he de implicarme en mis objetivos.

¿Te ha sido útil?

El Método 1: Adictos a la queja

Ayer inauguramos una nueva sección semanal en el programa La Ciutat de Onda Cero, presentado por la brillantísima Mónica Günther y donde trataré cada miércoles en directo aquellos asuntos que más recurrentemente trabajo con mis clientes de Coaching. ¡Escucha el audio!

En esta primera entrega hablamos de lo que para mí es el comienzo de cualquier proceso de desarrollo personal: aceptar la responsabilidad y eliminar la queja.

La responsabilidad

Hemos de asumir la responsabilidad de nuestras acciones y no acciones. Aceptar que las cosas que nos sucedan depende de nosotros en mucha mayor medida de lo que solemos pensar.

Lo primero que me gustaría es desterrar la palabra culpa de nuestro vocabulario. La culpa es un concepto muy dañino. La culpa implica arrepentimiento y penitencia y en los asuntos que vamos a tratar no caben estos conceptos. Por eso hablamos de responsabilidad. Cuando uno asume la responsabilidad el siguiente paso es pasa a la acción, y eso es lo que nos interesa.

Está muy extendido en el ámbito del desarrollo personal que “si quieres puedes conseguirlo todo” y a mi tampoco me gusta este concepto, porque si bien creo que se pueden conseguir grandísimas cosas en la vida, que se puede conseguir prácticamente todo lo que se desea, siempre hay factores externos que no dependen de nosotros que también juegan un papel importante.

De esta idea surge una frase que un día me brotó durante uno de mis talleres y que se ha convertido en el lema de todo mi trabajo. “Nada de lo que hagas puede garantizarte el éxito, pero cada cosa que haces multiplica las posibilidades”.

Una de las cosas que más nos desmotiva a la hora de afrontar cualquier reto es el no tener garantías de éxito. Nada de lo que hagamos lo puede garantizar. Esto es una de las cosas más importantes que deberíamos aceptar. Nuestras acciones aumentan o disminuyen nuestras posibilidades. Es nuestra decisión hacer lo que esté en nuestra mano para multiplicar las posibilidades de que lo que queremos que suceda, suceda. Para mi la vida es el juego de aumentar las posibilidades.

La adicción a la queja

Si, somos una sociedad adicta a la queja, al victimismo… ¡nos gusta mucho un drama! Pero ¿por qué?

Hay factores culturales. Nuestros valores y nuestros principios, seas religioso o no, son herencia directa del juedo-cristianismo. Nuestra religión es una oda al dolor y al sufrimiento y acabamos concluyendo que no somos buenos si no sufrimos.

Por otro lado la queja es muy útil. Todo lo que hace nuestra mente tiene la función de favorecernos, aunque en muchas ocasiones parece todo lo contrario. ¿Qué obtenemos mediante la queja y el victimismo?

  1. Coexión social, es decir, el apoyo de los que nos rodean, el calor humano, y esto es algo que siempre gusta, ¿o no?
  2. La queja nos resta responsabilidad y requiere de menos esfuerzo. Es más fácil emitir una queja o manifestar que algo es “tremendamente difícil” o que “carecemos de lo necesario” para alcanzar una meta, que trabajar de verdad en la consecución de la misma.
  3. El desahogo. Acepto que sienta bien desahogarse, pero a esto también hay que ponerle límites. Si abusamos de la queja podemos acabar siendo personas tóxicas, porque si algo contamina el ambiente es una buena lista de quejas y lamentaciones.

La elección

Ante una situación dramática, problemática o conflictiva es nuestra decisión posicionarnos en el victimismo o en la lucha. Con el victimismo obtenemos la palmadita, sí, pero un estado de ánimo anclado en la apatía. 

¿En qué nos convertimos si decidimos luchar? Nos convertimos en héroes, en algo mucho más grande de lo que éramos.

Yo nunca pertenecería a una asociación que se llamara “Victimas de…” yo preferiría siempre pertenecer a una que se llamara “Luchadores contra…”.

¿Qué opinas?

 

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