Ser tu propio sol

¿Os habéis fijado qué contagioso puede llegar a ser un estado de ánimo? Una persona con mal humor y malos modales puede acabar amargando a todo su entorno en cuestión de segundos. Es verdad que una persona simpática y divertida puede hacer lo contrario, pero a éste le cuesta más. Así están las cosas.

Esponjas humanas

Piensa en ti mismo como en una esponja (sí, como ese personaje amarillo que se te ha venido a la cabeza). Tu porosa condición hace que absorbas todos los estímulos y mensajes del entorno e inmediatamente los incorpores a tu propio estado emocional.

Un lunes cualquiera te despiertas con la radio como cada mañana –es bueno estar informado y además te da tema de conversación con los compañeros de trabajo–. El caso es que te metes en la ducha escuchando las nuevas cifras de paro; te cepillas los dientes con las últimas informaciones sobre corrupción; desayunas poniéndote al día del número de muertes en carretera del fin de semana. Todos sabemos que las buenas noticias, no son noticias. El caso es que ya estás listo para salir a la calle bien cargado de un montón de chapapote informativo que se ha colado en tu estado de ánimo utilizando tu empatía.

Entras en tu coche, enciendes la radio para seguir infectándote de ese torrente de lúgubre información y te metes en el atasco diario. Puedes apreciar cómo el estrés de los otros conductores sale por los tubos de escape de sus coches y por supuesto, lo respiras: te impregnas de él. A la hora de entrar en tu oficina ya no quedan en ti ni las mínimas ganas de sonreír, pero haces un esfuerzo y saludas amablemente a la recepcionista. Ella te mira como si le debieras 100 euros y no se digna ni a contestarte. ¿Buenos días? –piensa ella– Serán para ti.

Aún no son las 8:30 y tu esponjoso cuerpo ya se siente pesado, lento, pringoso… Creo que ya entendéis por dónde voy. Huelga decir que a la hora de volver del trabajo a casa tu cara es un poema de Poe. Y ¿cuál es la mejor manera de quitarte de encima un poco de toda esa toxicidad emocional? Por supuesto, escurrir y salpicar con fuerza a tu pareja y/o familia, que a pesar de que tampoco han tenido un buen día, han hecho un esfuerzo por sonreírte cuando entrabas por la puerta. A la hora de la cena ya estás viviendo en “La casa de Bernarda Alba”.

La bola de cristal

Te propongo ahora que te imagines que tu estado de ánimo vive en una de esas bolas de cristal en cuyo interior nieva cuando se agitan. Una de esas con simpáticos personajes dentro (un pingüino, un muñeco de nieve, una parejita besándose…). Esas bolas son burbujas impermeables de felicidad. Nada puede penetrar en ellas. No importa el clima que haga fuera, que en su interior siempre hay felicidad y una bucólica nevada.

Tú vas por la vida ahora con tu estado de ánimo en esa bola y cada vez que alguien intenta salpicarte con su mal humor, lo único que consigue es ver su cara de amargado refleja en la pulida superficie de tu bola. Dentro, el pingüino sigue feliz contando copos de nieve.

Sale más rentable ser tu propio sol que vivir a expensas del clima

Comencemos a decidir nuestros estados de ánimo en base a hechos. No permitamos que el clima del entorno decida la temperatura de nuestro ánimo. No es un trabajo fácil porque la mayor parte del tiempo absorbemos el “color” del ambiente de manera inconsciente. Y es precisamente en la consciencia donde radica el poder del cambio. Quizá al principio cueste, pero si comienzas a darte cuenta de en qué momento estás cediendo a la invasión de negatividad imperante, puedes empezar a evitarlo. Pregúntate ¿por qué estoy enfadado/triste? ¿me ha pasado a mí algo realmente malo hoy? Y si me ha pasado, ¿es algo tan grave que merezca que me pase el día de mal humor?¿es algo que realmente no puedo solucionar?

Por supuesto no estoy hablando de no ser empático, que es una de las características más valorables del ser humano. No. No se trata de ser insensible al dolor ajeno. Hablo de ser justo con uno mismo y poner en una balanza los motivos que tenemos para sentirnos mal y los que tenemos para ser felices. La cuestión está en que tendemos a olvidar estos últimos mientras nos encanta recrearnos en los primeros. Si alguien de mi entorno está sufriendo, ¿le ayuda en algo que yo me ponga a sufrir también? ¿no será mejor que le ayude a buscar soluciones, a ver las cosas de otra manera?

Todos tenemos innumerables motivos para salir a la calle con una tremenda sonrisa cada día. Tómate unos instantes para hacer una lista mental de ellos y contéstate: ¿es justo que siendo una persona tan afortunada vayas por la vida con ese mal humor? ¿es inteligente que permitas que el humor de otros cambie el tuyo?