El efecto bombilla

Alguien, a quien no nombraré, conoció a un amigo mío cuyo nombre omitiré. El señor Alguien se quedó fascinado por la alegría, el optimismo, el dinamismo y la ilusión que mi amigo transmite. Puede decirse que es una persona brillante, incluso luminosa. Alguien es, en cambio, una persona llena de miedos, y entre todos ellos, uno le aterroriza especialmente: le da pavor su propia sombra. Esa parte de sí mismo, tenebrosa y vigilante, de la que, por mucho que corra, no puede despegarse.

Alguien decidió entonces aproximarse a mi amigo. «Si me acerco mucho a él, incluso si lo abrazo, si permanezco a su lado,  podré contagiarme de su luz –pensó ingenuamente–». Así lo hizo y comprobó con espanto que cuanto más se le acercaba, más larga y oscura se volvía su sombra. Cuanto más quería adueñarse de la luz de mi amigo, más insignificante se sentía. Lleno de miedo y de rabia intentó entonces apagar la luz de éste. Alguien no podía tolerar que toda aquella luz le hiciera parecer pequeño comparado con su propia sombra. Alguien temía convertirse en Nadie.

Alguien lleva tiempo intentando apagar la luz de mi amigo. Lleva tiempo intentando hacer desaparecer su sombra con la luz de los demás. Nunca lo ha conseguido. Alguien no conoce «El efecto bombilla»: sólo puedes acabar con tus sombras emitiendo tu propia luz.