Julio Rosales Propósitos

El Método 4: Propósitos


Hoy en «El Método» hemos hablado de propósitos. Se acerca el nuevo año y generalmente nos planteamos muchos propósitos que cumplir. ¿Lo logramos?

Para empezar… ¿qué es un propósito? Habitualmente confundimos objetivos con propósitos y si bien se parecen, hay una diferencia sustancial.

Un objetivo es algo que queremos lograr o tener, es concreto, es tangible. Una vez que hemos conseguido un objetivo ya no tenemos que seguir trabajando en ello. Por ejemplo, si mi objetivo es comprar un coche, una vez que lo he comprado no tengo que seguir trabajando en ello.

Un propósito va más allá, es algo que deseamos que sea constante en nuestra vida. Es intangible y por lo general tenemos que trabajar en ello de manera constante. Ejemplos de propósitos son: gozar de buena salud, pasar tiempo de calidad con mi familia, conocer nuevas culturas…

¿Para qué? La gran pregunta

Siguiendo con el ejemplo del coche (objetivo), es fácil averiguar el propósito al que obedece si nos preguntamos «¿para qué quiero un coche». Una respuesta podría ser «para visitar a mi familia con frecuencia». Este es el propósito de mi objetivo. «Estar con mi familia», como puedes ver es menos tangible, más emocional y deseamos que sea un continuo en nuestra vida.

De esta manera si hacemos una lista de todos los objetivos que queremos alcanzar podemos comenzar a averiguar nuestros propósitos de vida preguntándonos «¿para qué quiero cada uno de ellos»? ¿Para qué quiero un coche?  ¿para qué quiero adelgazar 4 kg.? ¿para que quiero estudiar medicina…?

Es fácil caer en el error de preguntarnos «¿por qué?» en lugar de «¿para qué?» pero si prestamos un poco de atención vemos que la diferencia en las respuestas es muy evidente. Cuando contesto a un «¿por qué?» la respuesta es un argumento. Por ejemplo, a la pregunta «¿por qué estudio medicina?»  la respuesta podría ser «porque tiene mucha salida». Esto es un argumento lógico, una justificación, pero no un propósito.

Los argumentos los formulamos con nuestro «cerebro racional» y por lo general son posteriores a la toma de decisiones. La mayoría de nuestras decisiones las toma nuestro «cerebro emocional» y es ahí donde está la clave. En realidad lo que te estoy diciendo es que primero decides y luego argumentas. ¿No te lo crees?

Suelo poner el mismo ejemplo en mis talleres para entender este proceso. Cuando ves unos preciosos y carísimos zapatos en un escaparate  y te enamoras de ellos, tu decisión de comprarlos ya está tomada. Tu «cerebro emocional» ya ha tomado la decisión (aunque prefieras pensar que no es así). Las cosas que te dices a continuación del tipo «son de muy buena calidad, me combinan con casi toda mi ropa, tengo dos bodas este año y los necesito, me lo merezco…» todo esto son argumentos posteriores a tu decisión. Insisto: pos-te-rio-res. En este ejemplo el objetivo son los zapatos, la respuesta a «¿por qué los compras?» son la lista de argumentos que acabo de describir, pero el propósito real lo conoces preguntándote «¿para qué» La respuesta podía ser «para ser una persona elegante». Esto es un propósito que muy probablemente es muy importante para ti.

¿Para que debería conocer mis propósitos?

Una vez que te has preguntado «para qué» a todos tus objetivos tenemos una lista de propósitos. Bien, ahora debes seguir preguntándote «para qué persigo estos propósitos». La respuesta final debería ser «para ser feliz» y si no es así, se impone una reflexión.

«¿Para que quiero estos zapatos? Para ser elegante. ¿Para qué quiero ser elegante? Para gustarme y gustar. ¿Para qué quiero gustarme y gustar? Para ser feliz. Esta cadena de respuestas que acaban en felicidad es a lo que llamamos objetivos alineados con propósitos. Es decir, son coherentes para ti.

Si cuando te hagas la pregunta mágica repetidamente al final no te puedes responder «para ser feliz», hemos encontrado un objetivo que no está alineado con tus propósitos. Toca reflexionar sobre la necesidad de perseguir ese objetivo. Quizá estás persiguiendo objetivos muy populares, objetivos que en la sociedad son muy comunes, pero quizá no están alineados con tus propósitos.

El conjunto de todos los propósitos que obedecen al gran propósito SER FELIZ conforman tu propio concepto de felicidad. Acabas de descubrir lo que verdaderamente te mueve.

Además, cuando conocemos nuestros propósitos quizá descubramos que tenemos más maneras de lograrlos de las que pensábamos. Si yo no puedo comprarme ese coche (objetivo) que me proporciona la movilidad familiar (propósito), me debería preguntar : «¿de qué otras maneras puedo obtener la movilidad familiar que deseo?» ¿Un coche más barato? ¿Transporte público? En definitiva podemos comenzar a buscar alternativas que cubran nuestros propósitos, porque recuerda que haciéndolo estarás preservando tu propio concepto de felicidad.

Sobre la mejor manera de trabajar en conseguir nuestros propósitos hablaremos en una próxima entrega de El Método. Podrás escucharlo en este blog, en mi canal de ivoox o en directo todos los miércoles en Onda Cero Catalunña.

 

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  1. […] al lado de cada objetivo a qué propósito/s obedece cada uno de estos objetivos (echa un vistazo a mi artículo sobre los propósitos). Es momento entonces de empezar a crear la lista de los hábitos que harán posible la […]

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