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El Método 10: Creencias limitantes «Superación»


En la anterior entrega de «El Método» hablábamos sobre el origen de las creencias limitantes. En esta ocasión¡ vamos a comenzar a superarlas!

¿Conoces La Fábula de Sócrates?

Un día un discípulo se Sócrates se acercó y le dijo y le dijo:

—Maestro, ¿sabes lo que escuché acerca de tu amigo?

—Espera un minuto —replico Socrates—. Antes de decirme nada, quisiera que pasaras la prueba de los 3 filtros a lo que vas a decirme.

—¿Los tres filtros?

— Primero el filtro de la verdad. ¿Estas absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?

—No, realmente sólo escuche sobre eso y….

– Ahora permite aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad, ¿Es algo bueno lo que vas a decir de mi amigo?

—No, por el contrarió….

—Entonces, deseas decirme algo malo sobre él, pero no estas seguro de que sea cierto… Pero podría querer escucharlo porque queda un último filtro: el filtro de la utilidad. ¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo?

—No, la verdad es que no…

—Bien —concluyo Socrates—, si lo que deseas decirme no es cierto, no bueno y no  es útil ¿Para qué querría saberlo?

¿Por qué te he contado esta fábula?

He pensado que podríamos usar los mismos filtros para cuestionar nuestras creencias limitantes. Piensa en una creencia limitante que hayas detectado y te esté fastidiando. Trata de reflexionar sobre las cuestiones que te planteo:

Primer filtro: VERDAD

  • ¿Es siempre e incuestionablemente cierta esta creencia?
  • Piensa en, al menos tres ejemplos en los que no se haya cumplido esa creencia.
  • ¿Podemos decir entonces que esa creencia no es cierta en muchísimas ocasiones?

Segundo filtro: BONDAD

  • Escribe qué consecuencias positivas ha tenido y tiene en tu vida vivir con esta creencia?

Tercer filtro: UTILIDAD

  • Todo lo que hacemos (consciente o inconscientemente) tiene una utilidad. ¿Cuál es la utilidad que tiene para ti vivir con esta creencia? ¿De qué te protege? ¿Qué te proporciona?+

Ejemplo: en el caso de la creencia que usamos como ejemplo en el podcast que acompaña a este artículo «quiero cambiar de sector profesional pero nadie me contratará porque no tengo experiencia», quizá utilizarla nos proteja del miedo al fracaso, de aplicar a un trabajo y que no me llamen, de ir a una entrevista y sentirme en desventaja, de sentirme juzgado por querer cambiar mi estabilidad por una nueva aventura…

Por último hemos de formular una nueva creencia en positivo que elimine esta barrera.

  • Quizá en este caso sería: “estoy seguro de que habría muchas empresas que sí estarían interesadas en darme una oportunidad”.
  • La pregunta es ¿Qué hago para encontrarlas? Es decir, diseñar un plan de acción.

Ahora, con esta nueva perspectiva hemos salido del bloqueo, hemos sido honestos con nosotros mismos y hemos reconocido que sí hay algo que podamos hacer. Buscar la estrategia es tema para otro post, pero en este punto, al menos, ya hemos asumido la responsabilidad de que es nuestra inacción lo que nos tenía paralizados.

El Método 9: Creencias limitantes «Origen»

Hemos dedicado el noveno capítulo de «El Método» a las creencias limitantes, concretamente al origen de las misas. Puedes escuchar el audio o seguir leyendo.

¿Sabías que un elefante adulto pesa más de 6.000 kg y que mantenerlo preso es tan fácil como encadenar uno de sus pies a una estaca clavada en el suelo? Obviamente un animal de esta envergadura podría liberarse de la cadena que lo aleja de su libertad con un simple gesto, pero no lo hace. Ni tan siquiera lo intenta.

El motivo por el cual el elefante no se libera de su atadura es mucho más poderoso que unos eslabones metálicos. El elefante no rompe su cadena simplemente porque cree que no puede.

Cuando era un bebé y lo ataron a su cadena, seguramente lo intentó en muchas ocasiones, pero en ese momento le fue imposible liberarse. Aprendió que esa cadena era indestructible y años después, siendo adulto, sigue creyendo que es imposible. Así de poderosas son nuestras creencias.

Qué son las creencias

Antes de abundar en el tema de las creencias limitantes, tratemos de definir qué es una creencia. “Fumar provoca cáncer”, “en invierno hace frío”, “todos los hombres/mujeres son iguales”, “los vegetales son buenos para la salud”, “los mejores coches del mundo son los Ferrari”… Esto son sólo algunos ejemplos de creencias.

Las creencias son ideas que consideramos ciertas. Podríamos decir que una creencia es una unidad de información almacenada en nuestro cerebro. Nuestras creencias son verdades absolutas para nuestro cerebro.

Las creencias suelen tener un carácter de valoración binaria. Esto quiere decir que solemos creer que algo es malo o bueno. Puede que seas una de esas personas que odia el frío. El frío en sí mismo no es ni bueno ni malo, somos nosotros los que hacemos el juicio “el frío es malo” porque a menudo si pasamos frío nos resfriamos. ¡Pero también hay personas que disfrutan del frío! En este caso el mismo hecho en dos personas diferentes tiene un matiz totalmente opuesto.

Nuestras creencias proceden de nuestra experiencia, de nuestro entorno o de nuestra reflexión.

Un ejemplo de creencia adquirida por experiencia el de aquellas personas que quisimos descubrir por nosotros mismos qué pasaba cuando tocabas el fogón de una cocina encendida. ¡Qué dolor! Obviamente nos quemamos y, en consecuencia, aprendimos que “una cocina encendida siempre quema”. Una única experiencia fue suficiente para no volver a repetir la experiencia de manera deliberada. Es decir, adquirimos la creencia y la convertimos en generalidad. Un instante de dolor y una vida entera de precaución. Y es que cuanto mayor carga emocional exista en el momento de adquirir una creencia (dolor, en este caso), más firmemente queda grabada en nuestra mente.

Quizá en este momento estés pensando que “una cocina encendida siempre quema” no es una creencia, sino una certeza. Trataremos ese asunto un poco más adelante.

Muchísimas de nuestras creencias nos vienen dadas por nuestro entorno (familia, cultura, amistades, medios de comunicación…). Este tipo de creencias, que también podríamos llamar creencias heredadas, forman parte de nuestro conjunto de verdades absolutas sin tan siquiera habérnoslas cuestionado nunca. Simplemente asumimos que son ciertas. “Si estudias tendrás un buen trabajo”, “el Barça es el mejor equipo del mundo”… Todo nuestro entorno lo cree, así que las adquirimos sin más.

La propia reflexión es quizá la mejor manera de adquirir una creencia. Quizá eres de esas personas a quienes molesta sobremanera los días de lluvia. Un día tus reflexiones te hacen llegar a la conclusión de que el agua es muy necesaria para la agricultura y el suministro de agua en los hogares y concluyes que “es bueno que llueva”. ¡Has cambiado tu creencia gracias a tu felfexión!

Creencias y verdad

Pero ¿son ciertas todas las creencias? Seguro que estarás contestando mentalmente a este pregunta. Debes estar pensando algo parecido a “obviamente no”, o algo como “solo son ciertas las mías”. Entonces, si no todas las creencias son ciertas, ¿cómo podemos distinguir las ciertas de las que no lo son?

Dos amigos pueden tener creencias opuestas sobre un mismo asunto. Por ejemplo tu puedes pensar que “el vino es bueno para la salud” y un amigo tuyo puede creer que “el vino es perjudicial para la salud”. ¿Quién se equivoca? Tu amigo y tu podéis verbalizar infinidad de argumentos a favor y en contra de la ingesta de vino, argumentos incluso apoyados por la comunidad científica, y no llegar nunca a un acuerdo. La verdad es relativa, es personal, es subjetiva.

El hecho es que las creencias poco tienen que ver con la verdad. Creer en algo no significa que sea cierto, solo significa que tú lo crees. Millones de personas creyendo lo mismo no hacen que eso en lo que creen sea verdad. No hace mucho tiempo toda la humanidad creía que La Tierra era plana y el centro del Universo. Parece que hoy en día poca gente mantendría esta “verdad”.

Podría decirse que ni siquiera importa si nuestras creencias son ciertas o no, dado que no es este precisamente el criterio que utilizamos para adquirirlas. Lo que importa es si nuestras creencias nos favorecen o nos perjudican. ¡Esta es la cuestión!

¿Qué es una creencia limitante pues?

Una creencia limitante es aquella que nos impide alcanzar nuestras metas y por lo tanto nuestra felicidad. Creer que “soy un desastre para los idiomas” nos hace no esforzamos por estudiar idiomas, dado que estamos seguros de que fracasaremos. Creer que “viajar es algo muy caro” nos hace que ni siquiera nos planteemos unas vacaciones, incluso aunque sea una realidad que hay maneras de viajar muy baratas. Creer que “el amor siempre duele” nos hace evitar las relaciones, incluso aunque pensemos que queremos tener pareja, nuestra creencia nos hace protegernos del amor a tal punto de llegar a frustrar relaciones incipientes… Esto es lo que la psicología denomina autosabitajes. Nos autosaboteamos constantemente. Nadie más que nosotros mismos nos impide, en la mayoría de las ocasiones, crecer, desarrollarnos, lograr metas, ser felices…

En la próxima entrega de «El Método» hablaremos de cómo gestionar nuestras creencias limitantes. Podrás escucharlo y leerlo aquí en tan sólo unos días.

Julio Rosales Propósitos

El Método 4: Propósitos


Hoy en «El Método» hemos hablado de propósitos. Se acerca el nuevo año y generalmente nos planteamos muchos propósitos que cumplir. ¿Lo logramos?

Para empezar… ¿qué es un propósito? Habitualmente confundimos objetivos con propósitos y si bien se parecen, hay una diferencia sustancial.

Un objetivo es algo que queremos lograr o tener, es concreto, es tangible. Una vez que hemos conseguido un objetivo ya no tenemos que seguir trabajando en ello. Por ejemplo, si mi objetivo es comprar un coche, una vez que lo he comprado no tengo que seguir trabajando en ello.

Un propósito va más allá, es algo que deseamos que sea constante en nuestra vida. Es intangible y por lo general tenemos que trabajar en ello de manera constante. Ejemplos de propósitos son: gozar de buena salud, pasar tiempo de calidad con mi familia, conocer nuevas culturas…

¿Para qué? La gran pregunta

Siguiendo con el ejemplo del coche (objetivo), es fácil averiguar el propósito al que obedece si nos preguntamos «¿para qué quiero un coche». Una respuesta podría ser «para visitar a mi familia con frecuencia». Este es el propósito de mi objetivo. «Estar con mi familia», como puedes ver es menos tangible, más emocional y deseamos que sea un continuo en nuestra vida.

De esta manera si hacemos una lista de todos los objetivos que queremos alcanzar podemos comenzar a averiguar nuestros propósitos de vida preguntándonos «¿para qué quiero cada uno de ellos»? ¿Para qué quiero un coche?  ¿para qué quiero adelgazar 4 kg.? ¿para que quiero estudiar medicina…?

Es fácil caer en el error de preguntarnos «¿por qué?» en lugar de «¿para qué?» pero si prestamos un poco de atención vemos que la diferencia en las respuestas es muy evidente. Cuando contesto a un «¿por qué?» la respuesta es un argumento. Por ejemplo, a la pregunta «¿por qué estudio medicina?»  la respuesta podría ser «porque tiene mucha salida». Esto es un argumento lógico, una justificación, pero no un propósito.

Los argumentos los formulamos con nuestro «cerebro racional» y por lo general son posteriores a la toma de decisiones. La mayoría de nuestras decisiones las toma nuestro «cerebro emocional» y es ahí donde está la clave. En realidad lo que te estoy diciendo es que primero decides y luego argumentas. ¿No te lo crees?

Suelo poner el mismo ejemplo en mis talleres para entender este proceso. Cuando ves unos preciosos y carísimos zapatos en un escaparate  y te enamoras de ellos, tu decisión de comprarlos ya está tomada. Tu «cerebro emocional» ya ha tomado la decisión (aunque prefieras pensar que no es así). Las cosas que te dices a continuación del tipo «son de muy buena calidad, me combinan con casi toda mi ropa, tengo dos bodas este año y los necesito, me lo merezco…» todo esto son argumentos posteriores a tu decisión. Insisto: pos-te-rio-res. En este ejemplo el objetivo son los zapatos, la respuesta a «¿por qué los compras?» son la lista de argumentos que acabo de describir, pero el propósito real lo conoces preguntándote «¿para qué» La respuesta podía ser «para ser una persona elegante». Esto es un propósito que muy probablemente es muy importante para ti.

¿Para que debería conocer mis propósitos?

Una vez que te has preguntado «para qué» a todos tus objetivos tenemos una lista de propósitos. Bien, ahora debes seguir preguntándote «para qué persigo estos propósitos». La respuesta final debería ser «para ser feliz» y si no es así, se impone una reflexión.

«¿Para que quiero estos zapatos? Para ser elegante. ¿Para qué quiero ser elegante? Para gustarme y gustar. ¿Para qué quiero gustarme y gustar? Para ser feliz. Esta cadena de respuestas que acaban en felicidad es a lo que llamamos objetivos alineados con propósitos. Es decir, son coherentes para ti.

Si cuando te hagas la pregunta mágica repetidamente al final no te puedes responder «para ser feliz», hemos encontrado un objetivo que no está alineado con tus propósitos. Toca reflexionar sobre la necesidad de perseguir ese objetivo. Quizá estás persiguiendo objetivos muy populares, objetivos que en la sociedad son muy comunes, pero quizá no están alineados con tus propósitos.

El conjunto de todos los propósitos que obedecen al gran propósito SER FELIZ conforman tu propio concepto de felicidad. Acabas de descubrir lo que verdaderamente te mueve.

Además, cuando conocemos nuestros propósitos quizá descubramos que tenemos más maneras de lograrlos de las que pensábamos. Si yo no puedo comprarme ese coche (objetivo) que me proporciona la movilidad familiar (propósito), me debería preguntar : «¿de qué otras maneras puedo obtener la movilidad familiar que deseo?» ¿Un coche más barato? ¿Transporte público? En definitiva podemos comenzar a buscar alternativas que cubran nuestros propósitos, porque recuerda que haciéndolo estarás preservando tu propio concepto de felicidad.

Sobre la mejor manera de trabajar en conseguir nuestros propósitos hablaremos en una próxima entrega de El Método. Podrás escucharlo en este blog, en mi canal de ivoox o en directo todos los miércoles en Onda Cero Catalunña.

 

El Método 3: Vivir sin miedo

El tema central de la tercera entrega de «El Método» ha sido el miedo. ¿qué es el miedo y cómo podemos combatirlo?

El miedo es la emoción más estudiada por los psicólogos y una de las más intensas. Su función principal es prevenir las situaciones peligrosas, por lo que moviliza una gran cantidad de energía. El miedo es la emoción más «especializada» en garantizar la supervivencia, por lo tanto, una de las más necesarias.

Cuando detectamos un estímulo potencialmente peligroso para nuestra supervivencia la emoción “miedo” toma el mando y nos prepara para actuar de la siguiente manera:

El foco

Lo primero que hace el miedo es forzarnos a focalizar toda nuestra atención en el estímulo amenazante, lo cual reduce sustancialmente la eficacia de los procesos mentales. Todo lo demás que está sucediendo en nuestro entorno parece desaparecer.

Si el estímulo amenazante fuera un animal salvaje a punto de devorarnos, esta atención focalizada sería de mucha utilidad, sin embargo en nuestra vida cotidiana puede ser muy contraproducente. Cuando ponemos toda nuestra atención en el estímulo, en el origen de nuestro miedo, dejamos de verlo con perspectiva y objetividad. Centrarnos, incluso obsesionarnos con el problema, hace muy difícil que veamos las soluciones y alternativas, por eso en muchas ocasiones optamos por evitar un problema en lugar de ponerle remedio.

La tensión

El miedo hace que nuestro torrente sanguíneo fluya mayoritariamente hacia nuestros músculos motores, al tiempo que los mantiene tensos (este es el motivo por el que solemos palidecer de miedo, porque nos llega poca sangre a la cara). Si retomamos el ejemplo del animal salvaje podemos entender fácilmente la utilidad de este proceso. Ante un peligro de este tipo necesitamos toda nuestra capacidad muscular para reaccionar, ya sea huyendo a toda prisa, luchando con todas nuestras fuerzas o quedándonos inmóviles. Muchos de nosotros aprendimos gracias a la película Parque Jurásico que la mejor manera de evitar el ataque de un dinosaurio era mantenernos quietos, dado que su sistema visual sólo detectaba el movimiento. Por suerte (o desgracia), nunca hemos convivido con estos animales, pero es bien cierto que en la naturaleza, en muchas ocasiones, evitar el movimiento es la mejor manera de salvar la vida.

De vuelta a nuestra vida cotidiana, no importa si un estímulo es realmente peligroso o no, la tensión muscular aparece siempre que sentimos miedo provocándonos… ¡justo lo que estás pensando!: contracturas musculares. Una situación de estrés, que no es más que una situación de miedo prolongada en el tiempo, puede generarnos graves contracturas musculares y en consecuencia fuertes dolores de cabeza e incluso migrañas. Estoy seguro de que en ese momento estás encontrándole sentido a muchos de tus dolores físicos. ¡El origen es emocional!

Las cuatro patas del miedo

En mi experiencia vital y profesional, acompañando a mis clientes de coaching, he llegado a la conclusión de que luchar contra nuestros miedos irracionales, los que nos impiden alcanzar el éxito y la felicidad, supone luchar contra cuatro estados mentales muy concretos:

  1. La ignorancia: yememos aquello que desconocemos, lo que no sabemos si será bueno o malo para nosotros.
  2. La incertidumbre: nos inquieta sobremanera el no conocer las consecuencias de aquella situación que se ha plantado en nuestro camino vital.
  3. La desmotivación: en ocasiones no encontramos la motivación, la fuerza, la energía suficiente como para luchar contra nuestro miedo.
  4. La Inercia: reproducimos patrones de comportamiento por costumbre o imitación a menudo sin cuestionarnos su eficacia.

La solución

Para comenzar a luchar de una manera práctica contra nuestros miedos he escrito un pequeño e-book gratuito que te puedes descargar en esta misma web. Sólo tienes que suscribirte en mi newsletter y el libro será tuyo.

Me encantaría que me comentaras si te ha servido o qué te a parecido este regalo.

El Método 2: Fórmula de la tendencia al éxito

En la segunda entrega de «El Método» hemos hablado de motivación, o más bien, de cómo detectar qué es aquello que nos está desmotivando. Para facilitar la tarea de detectar qué es aquello que nos está dando tanta «pereza» a la hora de afrontar aquello que deseamos (o creemos que deseamos), he creado una sencilla herramienta que he denominado «Fórmula de la tendencia al éxito».

La Psicología define la motivación como el deseo o la energía orientada hacia una meta. Más coloquialmente podemos definirla como «las ganas que sentimos de hacer algo».

Hay cuatro factores que influyen directamente en nuestra motivación, cuatro patas de una misma mesa:

1. La necesidad de logro

Es una de las necesidades secundarias del ser humano y podemos describirla como una tendencia interna a buscar la propia satisfacción en el hecho de cumplir objetivos. Todos tenemos esta motivación interna «de serie» y es la voz interna que nos insta a hacer las cosas «bien hechas».

2. Incentivo de éxito

Es la energía que nos brinda el saber qué es lo que conseguiremos si afrontamos una tarea. Es la recompensa. Es el propósito por el cual estamos haciendo lo que estamos haciendo.

3. Las posibilidades de éxito

Uno de los factores más importantes a la hora de decidir si nos lanzamos a trabajar en conseguir algo que deseamos es las posibilidades que tenemos de alcanzarlo. Siempre estaremos más motivados a aplicar tiempo y/o esfuerzo a un proyecto si sabemos de antemano que las posibilidades de conseguir nuestro objetivo son altas.

4. El miedo

Muchas veces decimos que algo nos da «pereza», cuando en realidad lo que sentimos es un miedo atroz (miedo a fracasar, miedo a lo que pensarán de mi, miedo a obtener un resultado mediocre…).

Papel y lápiz

Os propongo que evaluéis del 0 al 10 cómo de potente es cada uno de estos factores respecto a ese proyecto que queréis abordad.

  1. Necesidad de logo (evalúa de 0-10): 0 significaría que en este momento de mi vida no le doy ninguna importancia a lograr metas y 10 implicaría que suelo ser una persona a quien motivan los retos.
  2. Incentivo o propósito (evalúa de 0-10): donde 0 significaría que lo que voy a obtener al acometer este proyecto no me da ninguna satisfacción y 10 implicaría que lo que puedo obtener es tremendamente importante para mi.
  3. Las posibilidades (evalúa de 0-10): 0 significa que por mucho que haya no tengo ninguna posibilidad de lograr mi objetivo y 10 que prácticamente seguro conseguiré lo que deseo si me pongo a ello.
  4. El miedo (evalúa de 0-10): donde 0 significa que no me da ningún tipo de miedo abordar este proyecto y 10 que siento mucho miedo.

Lo primero que me aporta esta valoración es ver en cual de las cuatro patas de la motivación tengo una nota muy baja y plantearnos qué puedo hacer al respecto. De esta manera, si me siento muy apático en general (factor 1) puede implicar que estoy pasando por una depresión. Quizá sea conveniente visitar al médico.

Si concluyo que en realidad lo que consigo después de aplicar mi esfuerzo no me importaba tanto, es mejor, quizá, eliminarlo de nuestra lista de objetivos y dejar de perder tiempo y energía en ello.

Si concluyo que realmente por mucho que me esfuerce tengo muy pocas posibilidades de conseguir aquello que me propongo (por ejemplo presentarme a unas oposiciones con muy pocas plazas y muchísimos candidatos) quizá no me merezca la pena el esfuerzo.

Y por último, si el nivel de miedo es muy bajo, es que quizá no me importe mucho oquizá me importa pero lo que tengo que hacer para conseguirlo no me asusta (la mejor opción). Si la nota en «miedo es muy alta» esto suele indicar que nos importa mucho, con lo que la labor primordial es tratar de vencer ese miedo.

El resultado

Bien, ahora es tan fácil como sumar las 4 valoraciones. Nos tiene que dar un resultado entre 0 y 40. Yo diría que siempre que el resultado sea mayor de 30 esto significa que merece mucho la pena el esfuerzo.

Aclaro que este ejercicio pretende provocar la reflexión y no debe tomarse como medio para calcular con exactitud cómo he de implicarme en mis objetivos.

¿Te ha sido útil?

El Método 1: Adictos a la queja

Ayer inauguramos una nueva sección semanal en el programa La Ciutat de Onda Cero, presentado por la brillantísima Mónica Günther y donde trataré cada miércoles en directo aquellos asuntos que más recurrentemente trabajo con mis clientes de Coaching. ¡Escucha el audio!

En esta primera entrega hablamos de lo que para mí es el comienzo de cualquier proceso de desarrollo personal: aceptar la responsabilidad y eliminar la queja.

La responsabilidad

Hemos de asumir la responsabilidad de nuestras acciones y no acciones. Aceptar que las cosas que nos sucedan depende de nosotros en mucha mayor medida de lo que solemos pensar.

Lo primero que me gustaría es desterrar la palabra culpa de nuestro vocabulario. La culpa es un concepto muy dañino. La culpa implica arrepentimiento y penitencia y en los asuntos que vamos a tratar no caben estos conceptos. Por eso hablamos de responsabilidad. Cuando uno asume la responsabilidad el siguiente paso es pasa a la acción, y eso es lo que nos interesa.

Está muy extendido en el ámbito del desarrollo personal que “si quieres puedes conseguirlo todo” y a mi tampoco me gusta este concepto, porque si bien creo que se pueden conseguir grandísimas cosas en la vida, que se puede conseguir prácticamente todo lo que se desea, siempre hay factores externos que no dependen de nosotros que también juegan un papel importante.

De esta idea surge una frase que un día me brotó durante uno de mis talleres y que se ha convertido en el lema de todo mi trabajo. “Nada de lo que hagas puede garantizarte el éxito, pero cada cosa que haces multiplica las posibilidades”.

Una de las cosas que más nos desmotiva a la hora de afrontar cualquier reto es el no tener garantías de éxito. Nada de lo que hagamos lo puede garantizar. Esto es una de las cosas más importantes que deberíamos aceptar. Nuestras acciones aumentan o disminuyen nuestras posibilidades. Es nuestra decisión hacer lo que esté en nuestra mano para multiplicar las posibilidades de que lo que queremos que suceda, suceda. Para mi la vida es el juego de aumentar las posibilidades.

La adicción a la queja

Si, somos una sociedad adicta a la queja, al victimismo… ¡nos gusta mucho un drama! Pero ¿por qué?

Hay factores culturales. Nuestros valores y nuestros principios, seas religioso o no, son herencia directa del juedo-cristianismo. Nuestra religión es una oda al dolor y al sufrimiento y acabamos concluyendo que no somos buenos si no sufrimos.

Por otro lado la queja es muy útil. Todo lo que hace nuestra mente tiene la función de favorecernos, aunque en muchas ocasiones parece todo lo contrario. ¿Qué obtenemos mediante la queja y el victimismo?

  1. Coexión social, es decir, el apoyo de los que nos rodean, el calor humano, y esto es algo que siempre gusta, ¿o no?
  2. La queja nos resta responsabilidad y requiere de menos esfuerzo. Es más fácil emitir una queja o manifestar que algo es «tremendamente difícil» o que «carecemos de lo necesario» para alcanzar una meta, que trabajar de verdad en la consecución de la misma.
  3. El desahogo. Acepto que sienta bien desahogarse, pero a esto también hay que ponerle límites. Si abusamos de la queja podemos acabar siendo personas tóxicas, porque si algo contamina el ambiente es una buena lista de quejas y lamentaciones.

La elección

Ante una situación dramática, problemática o conflictiva es nuestra decisión posicionarnos en el victimismo o en la lucha. Con el victimismo obtenemos la palmadita, sí, pero un estado de ánimo anclado en la apatía. 

¿En qué nos convertimos si decidimos luchar? Nos convertimos en héroes, en algo mucho más grande de lo que éramos.

Yo nunca pertenecería a una asociación que se llamara “Victimas de…” yo preferiría siempre pertenecer a una que se llamara “Luchadores contra…”.

¿Qué opinas?

 

¿Dónde escondes tu verdadera vocación? Los 4 escudos que te impiden triunfar

Por si te ayuda a ser más feliz… voy a contarte dónde creo yo que ocultas tu verdadera vocación y tu talento más sobresaliente.

Entre mis clientes de coaching se encuentran no pocas personas que me plantean la siguiente premisa: “quiero dar un giro a mi carrera profesional pero no se qué es lo que de verdad quiero hacer”. ¿Cómo es posible que de verdad lleguemos a pensar que no sabemos a qué nos queremos dedicar? Mi teoría es que siempre lo sabemos, que desde niños tenemos sueños y aspiraciones, pero que ocultamos nuestra verdadera vocación bajo una conjunto de miedos y prejuicios; concretamente estos 4 son los que más frecuentemente he detectado:

1. La modestia

Todos tenemos talento, muchos talentos diferentes, algo que nos hace sobresalir; pero nos han educado haciéndonos creer que destacar, hacer gala de nuestro don sobresaliente, significa ser un prepotente. Nadie quiere exponerse al riesgo de el rechazo que esto provocaría. De esta manera ocultamos nuestros talentos detrás de la modestia para ser aceptados, más queridos. El problema es que en ocasiones ocultamos tanto nuestro talento, nos decimos tantas veces “soy una persona como los demás” que nos lo acabamos creyendo. El diálogo interno es tremendamente poderoso.

¿Es cierto que hacer gala de talento es sinónimo de prepotencia? Usar y mostrar nuestro talento no solo no es prepotencia sino una responsabilidad. Somos un animal social, lo que implica que necesitamos del grupo para sobrevivir. En este sentido, ¿no sería lo más inteligente para el bien del grupo que cada persona se dedicara a aquello que mejor sabe hacer? Además de reportarnos satisfacción y felicidad, dedicarnos a potenciar nuestro talento especial favorece el bien común más que cualquier otra cosa.

Ser modesto significa ocultar o disimular nuestras aptitudes más destacables; es decir, la modestia siempre es falsa. Cuando le pido a mis clientes que me hablen desprovistos de cualquier atisbo de modestia empiezan a hacer afirmaciones muy interesantes: “siempre he sido bueno dibujando”, “tengo un talento natural para hacer que la gente se sienta bien”, “soy un crack con los números”… Aquí empieza la parte más interesante de un proceso de coaching: la toma de conciencia de nuestras habilidades.

2. El qué dirán

Una cliente me dijo una vez “estudié una ingeniería para demostrarle a mi familia que era tan inteligente como mi hermano, pero en realidad siempre he querido dedicarme a la música”. ¡Cuantas veces decidimos estudiar una carrera o dedicarnos a algo por que tiene prestigio social, porque hará que los demás mejoren su concepto sobre nosotros, porque tiene mucha salida…

Opino que en el momento vital en que normalmente tenemos que decidir cómo enfocaremos nuestros estudios o nuestros primeros trabajos nuestra personalidad no está consolidad y que, en muchas ocasiones, decidimos más en función de la opinión de los demás que en función de nuestra verdadera vocación.

Por supuesto que una persona con un talento especial para la música puede ser un gran ingeniero, pero los niveles más altos de excelencia siempre se alcanzan haciendo aquello que nos apasiona. Esto no es una opinión sino un hecho contrastado.

3. Miedo al fracaso

¿Y si no soy tan bueno como creo en esta o aquella profesión? ¿Y si no lo consigo? Seguro que hay miles de personas que lo hacen mejor que yo…

Talento y vocación están íntimamente ligados. Para mi son casi la misma cosa. Nuestro cerebro, aunque aveces parezca lo contrario, siempre actúa en nuestro beneficio. Una persona que aspira a pilotar un avión lo hace porque reconoce en sí mismo las habilidades necesarias para hacerlo de manera eficiente. No importa que un niño nunca haya pilotado una nave, si aspira a hacerlo es porque tiene al menos firmes sospechas de que lo hará bien. Precisamente por nuestro miedo al fracaso, siempre aspiraremos a hacer algo en lo que sabemos que destacaremos. Sin embargo en muchas ocasiones no nos escuchamos a nosotros mismos.

Por otro lado ¿es necesario ser el mejor del mundo en una actividad para ganarse la vida con ella? Quizá no seas el mejor piloto, el mejor músico, el mejor hostelero, pero ¿no basta con que seas realmente bueno en lo que hagas?

4. Miedo al éxito

¿Miedo al éxito? me preguntan extrañados muchos clientes. ¿Cómo se puede tener miedo a tener éxito?

El miedo al éxito esconde en sí otros miedos más sutiles. Uno de ellos es el miedo a conseguir hacer algo grande y ponernos a nosotros mismos en la tesitura de tener que mejorar aquello que hemos logrado. La superación continua es una tendencia habitual en un ser humano mentalmente sano, pero también es una perspectiva que a priori puede resultarnos agotadora. Sin embargo cuando alguien ha realizado alguna actividad con éxito, es relativamente fácil superar el hito, dado que en el proceso habrá aprendido qué aspectos son susceptibles de mejora. Aunque llegáramos a alcanzar una cota de éxito que no pudiéramos superar ¿no sería esto en sí un grandísimo éxito?

El otro temor que esconde el miedo al éxito es el de ser rechazados por nuestro entorno, miedo a que piensen que «hemos cambiado». Por desgracia no es tan habitual que las personas trabajen continuamente por mejorar y en ocasiones el éxito de una persona hace más evidente la apatía de otros. En este sentido puede que a los ojos de algunas personas nuestro éxito sea una amenaza. En nuestra mano está el decidir no brillar para que otros que no se molestan en cultivar su propio brillo no se sientan mal. A mi no me parece un motivo muy legítimo.

Así las cosas, cuando le planteo a un cliente “si me hablas sin modestia, si supieras que vas a conseguirlo, si no te importara la opinión de los demás, ¿a qué te gustaría dedicarte?” ahí suele empezar un estupendo proceso de coaching.

¿Cual es tu verdadera vocación? ¿cual es tu talento más sobresaliente?

Es tu responsabilidad trabajar en tu felicidad.